Corre caballito – Serenata Guayanesa

Es un villancico interpretado por la agrupación Serenata Guayanesa, un cuarteto vocal e instrumental de música típica y folclórica venezolana. Más información sobre el grupo aquí.

Corre caballito cuentan que lo aprendieron de Mons. Constantino Maradei, quien fuera párroco de Ciudad Bolivar.

La misma presentación que muestra el vídeo se puede descargar de este enlace en formato pps. Las ilustraciones son de José Rangel.

Corre Caballito - Pastores

Corre caballito, vamos a Belén a ver a María y al Niño también;
al Niño también dicen los pastores,
que ha nacido un niño cubierto de flores.

El ángel Gabriel anunció a María que el Niño Divino de ella nacería.
De ella nacería dicen los pastores,
que ha nacido un niño cubierto de flores.

Los tres Reyes Magos vienen del Oriente y le traen al Niño hermosos presentes.
Hermosos presentes dicen los pastores,
que ha nacido un niño cubierto de flores.

San José y la Virgen, la mula y el buey fueron los que vieron al Niño nacer.
Al niño nacer dicen los pastores,
que ha nacido un niño cubierto de flores.

Directos al corazón

Primera historia:

Hace ya tiempo, un niño de 10 años entró en un establecimiento y se sentó en una mesa. Entonces los helados tenían otros precios, así que preguntó:
- ¿Cuánto cuesta un helado de chocolate con almendras?
- Sesenta céntimos – respondió la camarera -.
El niño sacó su mano del bolsillo y examinó el número de monedas.
- ¿Cuánto cuesta un helado solo? – volvió a preguntar – .
Algunas personas estaban esperando y la camarera ya estaba un poco impaciente:
- Treinta y cinco céntimos – dijo ella bruscamente -.
El niño volvió a contar las monedas:
- Quiero un helado solo.
La camarera trajo el helado y la cuenta y los puso sobre la mesa. El niño terminó el helado pasó por la caja y se fue. Pero cuando la camarera pasó a limpiar la mesa se le llenaron los ojos de lágrimas. Bien ordenados encima de un platillo había 25 céntimos, su propina.

Segunda historia:

Hace muchos años, cuando trabajaba como voluntario en un hospital de Stanford, conocí a una niña llamada Liz quien sufría de una extraña enfermedad. Había que hacerle una trasfusión de sangre de su hermano de 5 años, que había sobrevivido a la misma enfermedad y había desarrollado los anticuerpos necesarios.

El doctor explicó la situación al niño y le preguntó si estaría dispuesto a dar su sangre a su hermana. Se lo pensó un momento y dijo: “Sí, lo haré si se salva Liz”.

Mientras se realizaba la transfusión, él estaba acostado en una cama al lado de su hermana, mientras nosotros asistíamos a ambos. Viendo retornar el color en las mejillas de su hermana, el niño miró al doctor y le preguntó: ¿Cuándo empezaré a morirme? Y es que siendo un niño tan pequeño no había comprendido. El pensaba que tenía que darle toda la sangre, y aun así se la daba.

Son historias de un mundo también posible, y que están sacadas de esta presentación, en donde encontraréis alguna más.

Irena Sendler – La madre de los niños del holocausto.

Mientras la figura de Oscar Schindler fue aclamada por todo el mundo gracias a Steven Spielberg, que se inspiró en él para hacer la película que conseguiría siete premios Oscar en 1993, narrando la vida de este industrial alemán que evitó la muerte de 1.000 judíos en los campos de concentración, Irena Sendler seguía siendo una heroína desconocida fuera de Polonia y apenas reconocida en su país por algunos historiadores, ya que los años de oscurantismo comunista habían borrado su hazaña de los libros oficiales de historia. Además ella nunca contó a nadie nada de su vida durante aquellos años.

Sin embargo, en 1999 su historia empezó a conocerse, curiosamente, gracias a un grupo de alumnos de un instituto de Kansas y a su trabajo de final de curso sobre los héroes del Holocausto. En su investigación consiguieron muy pocas referencias sobre Irena. Sólo había un dato sorprendente: alrededor de 2.500 niños habían salvado la vida gracias a ella. ¿Cómo es posible que apenas hubiese información sobre una persona así? La gran sorpresa llegó cuando tras buscar el lugar de la tumba de Irena, descubrieron que no existía dicha tumba, porque ella aún vivía, y de hecho todavía vive. Hoy es una anciana de 97 años que reside en un asilo del centro de Varsovia, en una habitación donde nunca faltan ramos de flores y tarjetas de agradecimiento procedentes del mundo entero.

Cuando Alemania invadió el país en 1939, Irena era enfermera en el Departamento de Bienestar Social de Varsovia, el cual manejaba los comedores comunitarios de la ciudad. En 1942 los nazis crearon un gueto en Varsovia. Irena, horrorizada por las condiciones en que vivían, se unió al Consejo para la Ayuda a los Judíos. Consiguió identificaciones de la oficina sanitaria, una de cuyas tareas era la lucha contra las enfermedades contagiosas. Como los alemanes invasores tenían miedo de una posible epidemia de tifus, permitían que los polacos controlaran el recinto.

Pronto se puso en contacto con familias a las que les ofreció llevar a sus hijos fuera del gueto. Pero no les podía dar garantías de éxito. Era un momento horroroso, debía convencer a los padres de que le entregaran sus hijos, y ellos le preguntaban: “¿Puedes prometerme que mi niño vivirá?” Pero ¿quién podía prometer cuándo ni siquiera se sabía si lograrían salir del gueto? Lo único cierto era que los niños morirían si permanecían en él.

Las madres y las abuelas no querían desprenderse de sus hijos y nietos. Irena las entendía perfectamente, pues ella misma era madre, y sabía perfectamente que, de todo el proceso que ella llevaba a cabo con los niños, el momento más duro era el de la separación. Algunas veces, cuando Irena o sus chicas volvían a visitar a las familias para intentar hacerlas cambiar de opinión, se encontraban con que todos habían sido llevados al tren que los conduciría a los campos de la muerte. Cada vez que le ocurría algo así, luchaba con más fuerza por salvar a más niños. Comenzó a sacarlos en ambulancias como víctimas de tifus, pero pronto se valió de todo lo que estaba a su alcance para esconderlos y sacarlos de allí: cestos de basura, cajas de herramientas, cargamentos de mercaderías, sacos de patatas, ataúdes… En sus manos cualquier elemento se transformaba en una vía de escape.

Logró reclutar al menos una persona de cada uno de los diez centros del Departamento de Bienestar Social. Con su ayuda, elaboró cientos de documentos falsos para dar identidades temporales a los niños judíos. Irena vivía los tiempos de la guerra pensando en los tiempos de la paz. Por eso no le bastaba solamente mantener a esos niños con vida. Quería que un día pudieran recuperar sus verdaderos nombres, sus historias personales, sus familias. Entonces ideó un archivo en el que registraba los nombres de los niños y sus nuevas identidades. Anotaba los datos en pequeños trozos de papel y los guardaba dentro de botes de conserva que luego enterraba bajo un manzano en el jardín de su vecino. Allí estaba el pasado, sin que nadie los sospechara, de alrededor de 2.500 niños.

Pero un día los nazis supieron de sus actividades. El 20 de octubre de 1943, Irena Sendler fue detenida por la Gestapo y llevada a la prisión de Pawiak donde fue brutalmente torturada. En un colchón de paja de su celda, encontró una estampa ajada de Jesucristo. La conservó como el resultado de un azar milagroso en aquellos duros momentos de su vida, hasta el año 1979, que se la obsequió a Juan Pablo II. Irena era la única que sabía los nombres y las direcciones de las familias que albergaban a los niños judíos; soportó la tortura y se rehusó a traicionar a sus colaboradores o a cualquiera de los niños ocultos. Le rompieron los pies y las piernas además de imponerle innumerables torturas. Sin embargo nadie pudo romper su voluntad. Así que fue sentenciada a muerte. Una sentencia que nunca se cumplió, porque camino del lugar de la ejecución, el soldado que la llevaba, la dejó escapar. La resistencia le había sobornado porque no querían que Irena muriese con el secreto de la ubicación de los niños. Oficialmente figuraba en las listas de los ejecutados, así que a partir de entonces, Irena continuó trabajando, pero con otra identidad.

Al finalizar la guerra, ella misma desenterró los frascos y utilizó las notas para tratar de localizar todas aquellas familias adoptivas y reunirlos con sus parientes diseminados por toda Europa. Muchos habían perdido a sus familiares en los campos de concentración nazis. Los niños sólo la conocían por su nombre clave: Jolanta. Años más tarde, su historia apareció en un periódico acompañada de fotos suyas de la época, varias personas empezaron a llamarla para decirle: “Recuerdo tu cara. Soy uno de esos niños, te debo mi vida, mi futuro y quisiera verte…”. Irena tiene en su habitación cientos de fotos con algunos de aquellos niños sobrevivientes o con hijos de ellos.

Su padre un médico, que falleció de tifus cuando ella era todavía pequeña, le inculcó lo siguiente:

“Ayuda siempre al que se está ahogando, sin tomar en cuenta su religión o nacionalidad. Ayudar cada día a alguien tiene que ser una necesidad que salga del corazón”


Irena Sendler lleva años encadenada a una silla de ruedas, debido a las lesiones que arrastra tras las torturas sufridas por la Gestapo. No se considera una heroína. Nunca se adjudicó crédito alguno por sus acciones. Siempre que se le pregunta sobre el tema, Irena dice:

“Podría haber hecho más, y este lamento me seguirá hasta el día en que yo muera”.

“Como se plantan las semillas de comida, se plantan las semillas de bondad. Traten de hacer un círculo de bondades, y éstas les rodearán y les harán crecer más y más”. Irena Sendler

Si os ha gustado y queréis compartir esta historia, podéis descargar de este enlace la presentación original.

Actualización 12 de mayo 2008: Ha muerto Irena Sendler.